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En busca del lazo social perdido

Reflexiones sobre procesos constituyentes

Publicado: 2022-12-15

¿En qué momento la sociedad peruana en conjunto pudo constituirse y fundarse sobre la base de un acuerdo democrático? ¿Hubo alguna ocasión más allá de la revolución de la independencia, la cual solo benefició a una parte de la sociedad que habitaba el territorio de aquel entonces, en la que la población pudo contribuir a formar el estado peruano en su conjunto? ¿Existieron esos ritos y mitos fundantes en los que nos sentimos orgullos que fueran construidos por un todo social?

En mi humilde opinión, no ocurrió nunca. Por el contrario, la independencia, que debió haber sido un evento aglutinador y de la formación de un pacto social distinto al establecido durante el periodo colonial, significó la persistencia de las formas de opresión y de los significados en la narrativa republicana, en la cual se evidenciaba dos países en uno, los cuales evidentemente a las luces de los actuales eventos, podemos afirmar que perduran hasta el día de hoy.

Muchos podrán alegar que dichas cuestiones fundantes encontraron asidero durante la reforma agraria de Velasco, pero ¿es cierto?

En parte si, quizá porque se restituyó la imagen del campesino y del indígena, reponiendo el recurso de la tierra, aquello de lo que fue privado durante siglos, además incorporando elementos modernos cuya finalidad era justamente brindarles las herramientas para dejar el atraso y la servidumbre, aunque años posteriores, los mismos vicios constitutivos de nuestra república y la estructura formal de un estado parchado, y una élite demandante de poder, impedirían que dichas reformas puedan realmente cambiar la condición de las poblaciones marginadas y vulneradas de manera real y concreta, empobreciéndolas aún más.

Luego de ello, el proceso político estuvo manchado de una política desrreguladora, de la incursión violenta y asesina de grupos terroristas, crisis económicas hasta los años noventa, en la que prácticamente el estado se desrregularizó y neoliberalizó totalmente, acompañado de un autogolpe del dictador Fujimori, en parte bien visto por las masas empobrecidas y cansadas de la violencia (según las encuestas de aquella época), e ilusionadas por un “chinito” que subido en un tractor representaba un supuesto “cambio”. Por el contrario, con su “nueva mayoría” y sin juzgamientos ni procesos judiciales por la ilegalidad de la disolución del congreso, convocó a una Asamblea Constituyente, la cual fue regida a su vez por un congreso constituyente, cuyo objetivo era justamente elaborar una carta magna nueva acorde a los requerimientos de aquella época, pero sobre todo de sus propios intereses políticos.

Pero analicemos rápidamente un poco de la historia de nuestras constituciones, antes de la constitución de 1979. Las constituciones eran documentos elaborados por los congresos elegidos, no por una mayoría, el voto no era universal y para poder sufragar era necesario cumplir con ciertos requisitos, como ser alfabeto, tener una residencia, entre otras. Lo cual cambió con la constitución de 1979 cuando se estableció el voto universal. Antes de ellos los votos dependían de los tutelajes de la población, por lo que eran manejados por las parroquias y los señores hacendados, quienes ejercían la representación convenida de sus tutelados. Cabe recalcar que esta constitución (1979) fue uno de los documentos más innovadoras de aquella época en términos de derechos y ciudadanía, pero sufría de una condición similar a las anteriores, fue realizada durante un gobierno de facto y a través de una representación congresal, además de la oposición de algunos partidos políticos que justamente señalaban que era una constitución elaborada y que recogía las consignas “revolucionarias” del gobierno militar de Velasco. Por lo que al igual que sus predecesoras, no necesariamente era un requerimiento popular y quizá hasta decirlo poco democrática.

Dicha constitución estuvo vigente hasta el año 1993, año siguiente del autogolpe, ese año Fujimori convocó a una Asamblea Constituyente, la cual estuvo conformada de la siguiente manera, 44 escaños estuvieron destinados a Cambio 90-Nueva Mayoría partido oficialista, lo que representó, según el Jurado Nacional de Elecciones, que de los 8 191 846 de votos, es decir un 37.54% de los votantes eligieran a estos congresistas, mientras que un 23.85% de la ciudadanía votante emitiera sus votos nulos o en blanco, y un 38.60% votara entre 17 partidos políticos, de los cuales solo 9 obtuvieron entre 1 y 8 escaños (36 escaños distribuidos), siendo 8 partidos políticos excluidos de dicha contienda electoral.

Por un lado, se puede apreciar que numéricamente la constitución del año 1993 no fue elaborada con una mayoría congresal elegida, aunque el mismo sistema permitía el acceso a los 44 escaños, mientras que el 62.45% de votantes no escogieron a Cambio 90-Nueva Mayoría, sino que los votos fueron nulos, blancos o a otros partidos políticos, algunos no alcanzando un escaño en este congreso constituyente.

Nuevamente esta constitución carecía de algo importante, voluntad y representación popular, ya que se realizó en un contexto de facto y además las condiciones no garantizaban una verdadera carta magna que exprese un nuevo pacto social de todos y todas las peruanas.

En efecto, el subsiguiente paso era el referéndum de aprobación de esta constitución, que desde un punto de vista numérico tampoco contó con la aprobación de todos los sectores sociales, ya que un 43.38% no aprobaban esa constitución y un 9% fueron votos blancos y nulos, lo que representa a un 52.36%, sin embargo, las reglas electorales y de consulta jugaban a favor de la aprobación de dicha carta magna que rige hasta el día de hoy, pero que sin embargo, no representó tampoco un elemento constitutivo y fundante de nuevos lazos sociales, los cuales eran evidentemente necesarios en un contexto de guerra interna y de violencia de esos años, dicho documento nuevamente fue elaborado por una élite política que se instauraba de facto en el gobierno peruano, la historia de ese gobierno y su culminación trágica ya la conocemos todos.

Sin embargo, sí existieron oportunidades de cambio, reforma o constitución de un documento que represente a los peruanos. Luego de la caída de la dictadura, durante los gobiernos de transición y Toledo, y después de largos debates, aproximadamente el año 2002 se acordó realizar una reforma total de la constitución, sin embargo, y en pocas palabras, esta reforma total no se llevó a cabo principalmente por la falta de consenso de los parlamentarios. En los gobiernos posteriores también hubo narrativas que ilusionaban con un cambio constitucional, sin embargo, las agendas congresales, quienes podían promover dicho cambio tenían sus propias prioridades e intereses, siendo solo algunos pocos intentos los que promovían, solo en discurso, el retorno a la constitución del 79, pero no había mayor cambio.

Es importante señalar, que muchos artículos si fueron modificados luego del año 2000, algunas incorporaciones de acuerdo con el contexto y retiro de algunos otros artículos como la eliminación de la reelección de presidentes y congresistas, la personas que presenten sentencias en “primera instancia” no podrán postular a cargos de elección popular, reconocimiento del derecho al agua, entre otros, pero que a la luz del día no representan caminos participativos y democráticos sino que responden a ciertos eventos coyunturales concretos.

Es interesante hacer este recorrido breve sobre las últimas constituciones, las anteriores, ya no las menciono porque en definitiva fueron documentos elaborados por elites aristócratas y por gobiernos militares o de facto, de hecho, duraban muy poco y fueron muy restrictivas en su elaboración, por lo tanto, poco democráticas y con una participación casi nula de las grandes masas populares de ese entonces.

En tal sentido, se puede entender que las constituciones peruanas fueron en su mayoría documentos elaborados durante regímenes de facto o restrictivas para las grandes masas en su formulación. La constitución de estas nunca ha sido un proceso de voluntad ciudadana expresa; claro está, que, la constitución de 1979 puede que haya sido una excepción debido a que fue formulada por personajes políticos intachables que gozaban de gran aceptación popular como el gran Víctor Raúl Haya de La Torre y además en cierto modo restituyó derechos importantes para la ciudadanía, pero el contexto de su elaboración no era para nada democrático ni participativo (según el INEI la población de 15 años a más al año 1972 en el Perú era de 7 588 612, lo que supone un incremento para el año 1979, sin embargo, solo sufragaron en esta constituyente 4 959 249 habitantes, lo que es aproximadamente un 65% de la población). Ni que hablar de la constitución del 93, con un congreso cuya mayoría eran parte de la dictadura, y que como hemos visto, no representó realmente a la mayoría de los electores, por ello es falso que haya sido redactada por los “verdaderos representantes de la sociedad”, principalmente porque muchos partidos políticos que idealmente representaron a la población quedaron fuera de dicha contienda constitutiva.

Pero cambiar o reformar la constitución solo es la base temporal que permite el afianzamiento de los lazos sociales, en tanto documento que garantiza justamente el pacto social. Sin embargo, no es del todo cierto que una nueva constitución garantice un cambio, si es que esta no viene acompañada justamente de políticas que operativicen el cambio, por lo que la constitución termina siendo letra muerta. Por ejemplo, el año 2017 se incluye como derecho constitucional el acceso al agua, sin embargo, en todas las regiones del Perú es una necesidad urgente que no es suplida, existiendo muchas localidades sin este recurso o el mismo des eficiente e inoperativo.

El pacto social radica en las formas simbólicas de participación de la población en la construcción de esta, no tanto en la redacción a través de sus representantes, que como hemos visto en algunos casos quedaron excluidos de la arena política, quedando un grueso de la población prácticamente sin representación en el proceso constitutivo del año 1993. Por ello en la actualidad muchos sectores no la reconocen, o no sienten una representación de esta.

En definitiva, las actuales manifestaciones de la población en contra del congreso, no es más, por una parte, la expresión de la inoperatividad de la carta magna, sus deficiencias, y poca articulación con la realidad social, que justamente han generado un clima polarizado, azuzado, claro está, por una clase política avalada justamente por esa constitución, y por otra parte, la expresión de la poca participación de la población en el proceso de construcción y constitución del lazo social peruano que culmina con el documento que es la constitución.

¿Entonces es cierto que un proceso constitutivo que culmine en un documento o constitución cambiaría las cosas? sí, pero no sin voluntad política, ni tampoco con la exclusión de la población, o solo considerando la participación de una élite profesional y técnica como hace unos días lo manifestó el “ilustre” congresista ex almirante Montoya (recordar que la constitución de 1979 la policía ni los militares podían ejercer el derecho de sufragio ni tampoco postular a ningún cargo político, quizá se había previsto reacciones de este tipo en aquel entonces).

En otras palabras, la política representativa está en crisis total, no funciona, no ha podido prever y generar un nuevo pacto social en el que todos nos veamos representados, considerando los grandes golpes que ha tenido la sociedad peruana a finales del siglo XX. Se puede entender que los procesos participativos antes del siglo XXI implicaban un esfuerzo contundente, pero en estos años, con los avances tecnológicos, la participación de la gente se ha vuelto más fluida en los diferentes aspectos de su vida social, económica y política, cuestiones que se intensificaron durante el estado de emergencia sanitaria, cuestiones que, a mi parecer, pueden ser tomadas para formulaciones creativas de participación de la población.

El problema radica, en que desde hace unos años y con la corrupción a flor de piel, el congreso no representa a la ciudadanía, el sistema político, como ya todos los sabemos no funciona adecuadamente y es caldo de cultivo para corruptelas venidas de cualquier “ideología política” de derecha a izquierda. Las manifestaciones y desacuerdos actuales lo evidencian, incluso cuando congresistas utilizando lo más bajo del discurso agreden a sus representados “choleándolos” “terruqueándolos” vociferando calificativos por doquier de manera tan fácil; es porque justamente la constitución de 1993, no fue, ni ha garantizado un pacto social, como debería idealmente representar, y que además pos conflicto armado interno y de dictadura no hubo intentos de reformular, fortalecer y re-constituir el lazo social peruano, por el contrario el lazo social peruano fundante (proceso participativo constituyente) ha venido a menos con cada gobierno, vulnerando derechos, en vez de fortalecer relaciones entre el Estado y la totalidad de sus ciudadanos.

El pacto constituyente, en el sentido que la sociedad encuentre elementos fundantes e hilos que permitan el funcionamiento la comunidad imaginada peruana, no fueron, ni son reales, ni mucho menos democráticos en el Perú, principalmente porque el primer evento que debió responder ello fue la independencia, que en realidad representó solo el traspaso del poder de una élite española a una élite criolla, y cuyos herederos son los actuales congresistas, ni tampoco las posteriores constituciones que idealmente deberían representar la concreción de las voluntades populares, respondieron a una voluntad popular más que a intereses particulares de ciertas élites dominantes, además de ciertos intereses políticos y de facto.

Urge un nuevo pacto social, pero no solo anclado en una reforma o nueva constitución, la sociedad no se instituye a partir de un documento, es la base, sí, pero también el pacto social atraviesa formas más sutiles, sensibles, emocionales, identitarias, que en la actualidad están prácticamente en los suelos o son desdeñados por quienes ostentan el poder político, y lo podemos visualizar en las expresiones racistas, fascistas, discriminatorias de quienes cumplen el rol de representarnos, y que tratan a sus propios compatriotas como ciudadanos de segunda clase.

En definitiva, un proceso constituyente en el sentido amplio de la palabra, que implica más allá de la elaboración de un documento, a la luz de los acontecimientos, es urgente y necesario, pero muchos dirán que es inconstitucional, no se puede, etc. Las justificaciones y candados van a existir, pero olvidan algo importante, más allá de la legalidad misma, es que todo proceso social, legal, económico, jurídico, etc. es mera creación humana, las ideas capitalistas por las cuales nos movemos actualmente, fueron parte de ese capitalismo utópico sui generis de Adam Smith en un contexto en el que la monarquía representaba la legalidad, igual que las ideas propagandas por Marx, que bien o mal han contribuido a darle más humanidad al sistema capitalista imperante, de hecho por ello tenemos ciertas libertades y derechos laborales.

La solución es generar canales democráticos, que quizá en este momento no existan, pero que puedan incorporarse creativamente para generar un pacto social o constituir un nuevo lazo social peruano, y que puede anclar finalmente en un documento como la constitución.

Por ello sostengo que un proceso constituyente va más allá de la simple redacción o formulación de un documento, lo que vivimos justamente en este momento es un proceso de voluntad popular y de requerimiento de un nuevo pacto social, es decir un proceso constituyente. El problema es que las élites peruanas no estuvieron, ni están acostumbradas a que los procesos constituyentes fueran un reclamo ni voluntad popular, sino por el contrario fuera una consigna de las élites políticas, intelectuales y de gobiernos de facto, por ello, el solo hecho de que la masa se manifieste genera temor y “terror” para tomar la palabra tan de moda, por lo que un proceso constituyente o cuando se hace referencia a “asamblea constituyente” aparece como el “cuco” un fantasma que logra poner los pelos de punta de una parte de la política peruana quien sataniza dicha cuestión. En términos generales, la gente no pide necesariamente un documento distinto, lo que pide es la participación en la conformación de esta, que su opinión, más allá de que sea incluida o no, pueda ser considerada y escuchada, eso es ser parte de un proceso constituyente, es promover justamente un lazo social que articule las voluntades generales, y que obviamente esta opinión colectiva genere esos ajustes necesarios y acordes con la sociedad.

Lo que avizoramos en estos días (fuera de la violencia y el vandalismo), es la movilidad social de la ciudadanía moderna, enfrentada claro está a una forma de hacer política tradicional, el cambio obviamente genera temor, pero el problema termina siendo que ese temor se convierte en confrontación por parte del Estado y su uso legítimo de la violencia. En términos generales no quieren resguardar la democracia, lo que quieren resguardar es la forma tradicional de hacer política, de instituciones corruptas que son funcionales a medias, de un aparato estatal y jurídico que solo funciona para determinados grupos mientras que desplaza y aplaza a otros, y de una manera en la que solo participan algunos y no la gran mayoría.

Por ello la lucha es masiva, y se torna violenta, no solo porque el pacto o el lazo social está roto, quebrado es desigual, o nunca existió para articular nuestra sociedad, sino porque, uno de esos lazos sociales generados y que podría idealmente permitir la articulación entre el Estado y la sociedad estaba representando simbólicamente en ese “tercer Pedro”, que muy lucidamente describe José Carlos Agüero en uno de sus últimos escritos. Pedro Castillo, más allá de sus formas corruptas y golpistas, representa justamente la articulación simbólica entre el Estado y la población históricamente aplazada, un espejo de representación de la población (profesor, provinciano, la forma en como se expresa, etc. Características de las que ya se han hablado mucho).

Por ello opino que el pacto social, tomando como metáfora una guitarra, debería estar representando por una adecuada afinación de la guitarra para que las cuerdas suenen bien, pero al parecer solo dos o tres cuerdas suenan, y no son justamente la de esa población aplazada, y cuando por fin se logró colocar y tensar una cuerda que representa a ese gran grupo social, esta se rompe.

El pacto social es justamente eso, las cuerdas de una guitarra tensada que generan armonía, consonancias y disonancias diversas. Pues para que funcione nuevamente nuestra guitarra social, no solamente es necesario tener las partituras, el documento constitucional, sino que las cuerdas sean nuevas, estén adecuadamente afinadas en el espacio político, solo de esa manera podrán leerse esas partituras complejas de la realidad social y podrán resonar adecuadamente en el eco acústico de la historia. Pedro Castillo, solo es la expiación, el canal o la cuerda que encontraron grandes grupos desplazados para ser parte del cuerpo y sonar en la melodía social, ante la inexistencia de otras cuerdas.

En mi opinión, no solamente necesitamos una nueva constitución, necesitamos más cuerdas, que permitan nuevas formas de participación en la formulación o la reforma de la constitución, la cual llene de orgullo y en la que todos y todas podamos identificarnos, eso es generar un nuevo pacto social.

El proceso constituyente, la formulación y redacción de las constituciones han sido a espaldas de la población, de hecho, es el principal problema, no porque su formulación vaya a ser interminable, lo es, será difícil su elaboración, tomará tiempo, muchos no estarán de acuerdo, habrá tensiones, etc.; sino por el hecho de que no ha permitido de que todos puedan plasmar su voz, su firma, su acuerdo o desacuerdo en la conformación de esta.

Es por ello, que el proceso constituyente no es solo plasmar un derecho en un papel, que luego podría ser letra muerta (como ocurre hoy), sino el mismo camino de inclusión, participación y formulación, el proceso mismo representa el pacto social fundante que necesita nuestra sociedad en este momento, aunque sea un intento de verdadera inclusión importaría más que el propio documento.

Muchos señalan que no se vive de la constitución, que no es importante porque lo importante es trabajar, que para salir adelante uno tiene que trabajar, que el pobre es pobre porque quiere, etc. Pero hay que recordar que no solo de pan vive el hombre, también necesitamos fe, dignidad, respecto, espíritu, identidad y elementos fundantes que coadyuven a que hagamos sociedad.

Cuando entendamos que es el proceso lo que constituye, sin dejar que sea importante el producto, podremos entender que vivimos en una sociedad realmente democrática, y no solo la de algunos y sus intereses. El hecho de pensar que uno tiene más voz que el otro porque sabe más de derecho, economía o tiene más estudios, etc. que otra persona que se dedica a labrar la tierra o a los quehaceres del hogar, donde también se operativizan los derechos, no es más que discriminación y elitismo, supremacía infértil, que no debe tener cabida en el proceso constituyente, en el que importa más la participación e inclusión de todos los peruanos y peruanas de diversas culturas, que la condición de clase, el origen, su posición, su género, religión, cultura, etc.

Finalmente, es importante recalcar las propuestas de gobiernos regionales como el de Cuzco, donde da claro ejemplo de soluciones a los conflictos que convulsionan actualmente a la sociedad peruana, propuesta que justamente ancla en parte en lo que expresamos en este escrito, incluyendo el acuerdo nacional e incorporando a las diversas representaciones del País para las reformas políticas y electorales urgentes. Sin embargo, al margen de que sea una buena iniciativa en este contexto de crisis, necesitamos una solución re-fundante urgente y a largo plazo, un elemento unificador, y que solo pienso que puede generarse en el proceso constituyente como proceso participativo, cuando entendamos eso, estaremos haciéndonos un espacio en la historia generando un evento fundante a la democracia e identidad política peruana.


Escrito por

Erick Aldy

Sociólogo, MG. Antropología Social


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